martes, noviembre 09, 2010

El circo de las tinieblas (Metáfora contemporánea)

Hace unos años, me regalaron una entrada para ver la función de un circo. Me dijeron, los espectadores de mayor edad, que el ticket que tenía en las manos tenía un gran valor. Que el recinto había estado cerrado durante cuatro décadas y que las primeras representaciones habían generado una ilusión enorme en el graderío. Sobre todo, porque durante aquel tiempo el circo que yo iba a ver lo habían cambiado por otro, más aburrido, en el que sólo podían actuar unos poquitos. El resto, arrinconado, ni siquiera podía abuchear ni mostrar su disconformidad si el número que veían no era de su agrado. Y pobrecito quien lo intentara...

El caso es que, en aquellos años, creí que aquel circo era muy importante para sus espectadores. Vi todas y cada una de sus funciones. Al principio, recuerdo que sólo había representaciones cada cuatro años. Eso sí, cuando el recinto abría sus puertas aquello parecía un 24 horas. Había algo que ver a todas horas.

Con el tiempo, las normas del circo fueron cambiando, y sus puertas abrían con mayor frecuencia. Los cabezas de cartel seguían apareciendo sólo cada cuatro años, pero había otras funciones. Pronto me di cuenta de que, aunque los actores, trapecistas, domadores y payasos eran otros, el guión se seguía al milímetro. No había margen para la improvisación.

Y el tiempo fue pasando, y donde hubo sitio para todos los espectáculos circenses la cosa fue cambiando. A peor. Los malabaristas dejaron de preocuparse por el contenido de su actuación y comenzaron a criticar a los domadores, que cada vez encontraban más resistencia tanto entre sus animales como en el público que les veía. Como cada vez que el circo abría sus puertas los papeles de ambos podían cambiar, los malabaristas, fueran quienes fueran, se dedicaban sólo a decir lo mal que lo hacían los domadores. Eso sí, sin dar una sola pista de lo que harían ellos si hubieran estado en su lugar. Todo parecía formar parte de un show cada vez más lamentable.

Los trapecistas fueron desterrados, se les impidió actuar, porque domadores y malabaristas parecían tener claro que nadie más podía ocupar su lugar. Y para lograrlo cualquier excusa era buena. Es más, a los más aclamados por el público les encerraron en su camerino, no fuera a ser que los espectadores estuvieran de acuerdo con la idea de crear nuevos circos, más pequeños, en lugares más cercanos. Si domadores y malabaristas estaban de acuerdo en algo, era en que el circo sólo podía representarse en la capital del reino. Y, por supuesto, nada de hacer las presentaciones en otro idioma que no fuera el suyo.

Con el tiempo, la cosa fue a peor. Algunos cronistas fueron obligados a dejar de escribir, a dejar de contar lo que pasaba en el circo. Como había algunos trabajadores del circo que, tras ser despedidos, se dedicaron a boicotear las funciones y a generar pánico entre los espectadores, esa fue la excusa perfecta para que los protagonistas del asunto les dejaran fuera del programa. Todo porque cronistas y trapecistas no sacaron una pancarta rechazando tales actuaciones. Aunque hubo quien pensó que todo aquello formaba parte de un meditado programa, diseñado para que el público siguiera pagando su entrada en cada función y aplaudiera la actuación sin pensar demasiado en lo que, en realidad, estaban viendo.

El sol se apagó y el circo pasó a llamarse "El circo de las tinieblas". No todo el mundo se mostró de acuerdo con lo que veía en el recinto, y cada vez más gente dejó de acudir a sus funciones. Los que más tiempo llevaban acudiendo, aquellos que recordaban el tiempo, todavía más tenebroso, en el que el circo estaba cerrado a cal y canto y sólo acumulaba telarañas. Y puede ser que no les falte razón, pero también es cierto que el programa del circo, a día de hoy, con las broncas entre domadores y malabaristas (incapaces de ponerse de acuerdo ni tan siquiera para decidir el color de la lona) solapando las actuaciones, no llama mi atención. Mucho tendrán que cambiar las cosas para que saque de nuevo mi entrada para la función. Y me temo que no soy el único que piensa de ese modo.

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